Sámara. Antonio Muñoz Molina y Gavin StokeS


Si las cosas no tienen nombre uno no sabe verlas bien. En estos días el aire está lleno de esos frutos blancos de los olmos que giran en el aire como vendavales de confeti y se amontonan en las aceras y junto a las alcantarillas, confundiéndose a veces con los pétalos de las flores de los almendros, los manzanos y los cerezos. Es una nevada ligera de los días de sol, el despilfarro magnífico de la naturaleza, porque cada una de esas obleas amarillentas contiene la posibilidad íntegra de un olmo, las instrucciones cifradas en el ADN: millares, millones de olmos posibles, bosques que cubrirían continentes, flotando en el viento, arrastrados por el agua hacia las alcantarillas, picoteados por las palomas voraces de las aceras. El tejido seco que rodea la semilla favorece su dispersión por el aire. Pero esas obleas blancas o amarillas que relucen al sol tienen un nombre específico: sámaras. Lo he mirado en la enciclopedia y me doy cuenta de que lo sabía y lo había olvidado. La palabra vuela tan ligera y precisa como la cosa que nombra, impulsada por el acento en la primera sílaba: sámara. Uno guarda la palabra igual que guarda un puñado breve de sámaras, de olmos posibles, entre las hojas de un cuaderno.

Texto: Antonio Muñoz Molina