Relatos de Pedro

Voy a escribir la historia de un pobre campesino que fue asesinado. Jamás hubo persona que pudiera decir el motivo, porque éste nunca existió.

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EL CAMPESINO

Este pobre hombre jamás tuvo que confesar pecados, sólo pedir cuentas de la culpa que se cometió con él. Este hombre era un humilde campesino, envejecido por el trabajo y el dolor. Trabajó para su padre, su mujer y sus hijos constantemente, hasta el último día de su vida, sin quejarse nunca, sin pedir jamás nada a nadie.
Su dorso se había encorvado a fuerza de doblarse sobre la tierra y sus manos se hicieron oscuras y duras como terrones endurecidos por la canícula y por el hielo. Oraba todos los días y se contentaba con su pan.

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Un día, sin que nunca supiera porqué, fue detenido y muerto. Su país se encontraba en guerra, pero él no estaba en guerra con nadie. Seguía cultivando sus campos, porque también en tiempo de guerra los hombres seguían teniendo necesidad de todo, del grano que restaurara sus fuerzas, del vino que alegraba y alegra el corazón, de las frutas que endulzan su boca.

Aquel día de primavera, estaba sólo en el campo, cerca de la carretera, quitando las orugas a un melón en flor, cuando pasaron unos soldados por el camino, armados y metidos en un carro. Se detuvieron y se lo llevaron con ellos junto a otros hombres pobres y despavoridos. Preguntó porqué les llevaban de aquella manera, pero nadie respondió a su pregunta.

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Anduvieron por el camino desierto durante mucho tiempo, en silencio. Llegados a la clara de un monte el carro se paró y les hicieron bajar, dándoles picos y palas, les fueron ordenando en silencio. Alrededor todo estaba sereno. De pronto una voz les ordenó que hiciesen hoyos. Obedecieron. En la espesura de los árboles algunos pájaros cantaban alegremente a la primavera.

Cuando cada uno de ellos hubo escavado su fosa, les ordenaron desnudarse y se negaron. Eran veinte, casi todos jóvenes, algunos empezaron a llorar, otros blasfemaban e imprecaban, uno se puso de rodillas pidiendo gracia, otros dos intentaron huir. Estaban petrificados por el terror. Habían comprendido lo que se quería hacer con ellos.

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Los soldados, siempre en silencio, les rodearon y sacaron las armas. Uno de ellos a dos pasos de este humilde campesino disparó a bocajarro sobre su frente. Cayó de espaldas y no fue mas que un cadáver en medio de cadáveres.

Esta fue su vida, este fue su fin. Jamás hizo mal a nadie, no traicionó. Estaba trabajando en su campo. Si hubieran tenido hambre, también les hubiera dado un pedazo de pan, si hubieran tenido sed, también les hubiera dado un vaso de vino.

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¿Por qué lo mataron? ¿Por qué Dios toleraba que fuesen asesinados los inocentes? ¿Acaso no está en todas partes? ¿No lo ve todo y lo sabe todo? ¿Por qué no volvió su mirada hacia esos pobres inocentes, en aquellos horribles momentos? ¿Por qué no movió su mano poderosa para salvarlos? Esto se preguntaban todos los que le conocían, pero jamás hallaron respuesta alguna.

Todo lo escrito es pura fantasía de mi mente ¡Como siempre!

Bullas en el mes de diciembre del año 1999

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Texto: Pedro Corbalán Párraga. Mi padre.

Anterior relato: La Degradación.


Pinturas: Van Gogh

4 Comments

  1. Precioso relato, y con las ilustraciones de Van Gogh, cobran aún más vida.

    Las guerras son siempre inhumanas, y más todavía si son fraticidas. Al abuelo de mi marido le ocurrió lo que al joven protagonista de tu historia.

    Un abrazo:)

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