PedRo


La bohemia

Estas son las manos de mi padre, 84 años manteniéndose bonitas, cuidadas, distinguidas, manos de artista anónimo. Afortunado para la época que le tocó vivir, consiguió estudios de seminario que abandonó más tarde por la vida mundana, pero se los guardó todos y los conserva en una inmensa e intacta memoria.

Músico de oído con armónica, amante de las letras, fotógrafo casual con buenos encuadres, poeta, solitario irónico, divertido discreto. Nuestros paseos de atardecer veraniego, eran juegos de palabras encadenadas, canciones a dos voces, rimas improvisadas… Ahora sé todo lo que esto me marcó. Esto y la nariz, herencia genética de la que se siente muy orgulloso.

En sus 20 años de jubilado, acompañado de una máquina de escribir antigua, escribe lo que pasa por su mente, relacionado casi siempre con la muerte; textos macabros, nacidos de sus visitas al cementerio, donde siempre nos ha llevado alguna tarde de vacaciones, y subiéndonos a hombros nos asomaba al osario para que viésemos lo que somos. Un poco de “locura” ocupaba y ocupa su mente. “Calistrada” la llama él.

En mi última visita a su pueblo de Murcia en el que vive cuidándose a sí mismo, volvimos al cementerio de Mula, donde está lo que fue mi abuelo, para no perder esas buenas y divertidas costumbres. Me pasó unos textos escritos con su máquina, de los que os invito a leer unas letricas.

La descomposición.

…”Una vez anulada la consciencia, mi metabolismo salvaje relaja su actividad por el rápido estancamiento de su fuerza vital. A partir de ahora entramos en lo que podríamos definir como la pérdida de control de la consciencia ligada al poder de decisión sobre el cuerpo. Es ésta, sin duda, la parte más apasionante de la descomposición.

Por una parte las células actúan ajenas a mí, sin recibir órdenes del ningún mando central, con voluntad propia. El cuerpo se divide en tantas partes independientes como células posee. Su misión empieza en el instante preciso en que dejan de recibir energía exterior.

En ese momento saben que ha llegado la hora de mutar a un organismo vivo superior, pues van a dejar de ser simples células para convertirse en larvas con vida propia, bajo un instinto primario que les empuja a sobrevivir (…)

Lo que no llegaré a saber es si las larvas saben que se están comiendo a su creador, este parece un comportamiento cruel, pero admito que es justo y natural, ya que como cualquier ser que acaba de nacer, no posee ningún conocimiento del mundo real mas que los que él mismo experimenta. (…) La vida continúa dos metros bajo el suelo, pues es tu vida la que termina, son sus vidas las que han comenzado.

Ya no siento nada, inhibido, desanimado sigo llorando(…)pero mis párpados desgarrados evitan mantener mis ojos cerrados.


“Hombre apenado porque no puede verse muerto”.

Las fotografías “macabras” las hice en esta visita.