mys ZapatyLLas i LLo


Tengo que agradecer a mis zapatillas lo que hacen por mí cada día. Cuando me encuentro en ese estado de inconsciencia voluntaria e inevitable, entre la nada y el silencio. Cuando a traición y por mi orden previa, en medio de la noche, escucho un estruendo aterrador que pretende ser melodía pero que nunca lo consigue,  que me traslada desde la tranquilidad del sueño a la incredulidad del espacio, es entonces cuando intento poner algo de orden en mi cerebro.

Me interesa súbitamente en qué día de la semana me despierto, si el viernes está aún lejano. Entre mis intentos de evasión existe el absurdo de hundir la cabeza bajo la almohada y enfermar de repente. Maquinaciones varias y variadas para seguir incrustada en el colchón de viscolástica y no ir a trabajar.
Mi mente, en un intento de adaptación, dibuja el rutinario camino hasta el edificio de cristal que me engulle tras haber recorrido 40 km., enlatada y envuelta en otras latas que amenazan a la mía por encontrar un hueco sobre el asfalto en medio de esa maraña…como tooooodos los días.

Busco consuelo pensando en la siesta que me voy marcar cuando vuelva del trabajo, aunque casi nunca lo consigo,  pero esto es lo que me da el ánimo suficiente para empezar a moverme y pasar poco a poco a la verticalidad, con un primer movimiento que consiste en asomarme desde el borde de la cama a buscar mis zapatillas, allá, al fondo del abismo que va desde ésta al suelo, y sí, allí están esperándome. Son mis zapatillas!!!

Entonces mis pies, ya aprendido el movimiento, se dirigen a ellas, y sin fallar, aun sin verlas, se sumergen en su calor y suavidad. Y es a partir de ahí cuando se hacen cargo de mi mente, me llevan al baño, desde allí los siguientes pasos hasta la cafetera, la nevera, las galletas, la cuchara, el azúcar…y ordenan a mi cerebro todos los movimientos cotidianos que hacen posible que yo vaya asumiendo la realidad. No sé que tipo de conexión o complot tienen contra mi voluntad pero tengo que agradecer lo que hacen por mí, es por eso que las cuido y cada noche las coloco a mi lado cerca de la cama y allí me esperan sin moverse, pacientes, en silencio.

Ahora, hace unos días, como objetos de invierno que son, han decidio darse un baño y ya aseadas y limpias, meterse en una cajita a hibernar, no sin antes dejar en su lugar unas chanclas que me lo han puesto muy difícil, pues las únicas ondas que emiten y que yo soy capaz de percibir forman una sóla palabra VACACIONES.

ochenta minutos o más de coche diarios dan para pensar muchas tonterías, jeje