“La pintura de Torrens pertenece al arte y a ese núcleo narrativo fundacional que redimirá el cuerpo del hombre, delatando el embuste que lo enferma, que lo banaliza, que lo pervierte. Sometido a la soledad esencial, el cuerpo del hombre es una medida, una semejanza, una huella que no ha sido discernida”.
“Todos los cuerpos quieren saber donde surgió su enigmática presencia y no admiten el consuelo fácil de los demás. Aunque a veces se toquen, aunque parezca inminente el hábito del reconocimiento, no transigen y con la desnudez como único atributo hacen clamar su silencio, hacen clamar su soledad”.
“El cuerpo desnudo y solo que ha retratado Torrens es un cuerpo sabio. Tiene memoria y en su recuerdo sutil – onírica certidumbre – de una verdad inaprensible – subsiste la impresión original. Percibid ese silencio puntilloso, protegido de la contingencia, cuya fragilidad nos parece todavía una condición sagrada y en cuyo río seminal beben los bueyes del cielo. Parece una ausencia, la estela invisible de un animal herido, el gran manto de las vírgenes negras, el aliento de una caverna barroca, el soplo tibio de un alfarero. Introducid vuestros cuerpos en el capítulo luminoso de estas corrientes y nada será como fue”.
Texto extraído de “En la redención de los cuerpos” por Basilio Baltasar
Félix Lupa creció con cámaras y rollos desde su infancia en Ucrania: “Sólo tenemos que detenernos por un momento; observar y contemplar, escuchar lo que la calle nos dice, esperar con paciencia y podremos llevarnos de este agitado río, momentos surrealistas, visiones movilizadoras, historias visuales tristes, y sonrientes, felices y serias, sabias o ridículas. Para mí, la calle no es sólo el espacio de la “jungla urbana” sino el mejor terreno de caza para el fotógrafo; es también el mejor espectáculo de la ciudad.”
Yo cumplí sin proponérmelo la mayor ilusión de mi madre, nacer niña. Cuatro gestaciones completas de las que nacieron mis hermanos niños más una incompleta de la que no nació una niña. Era su último intento, el quinto completo, y aquí estoy.
Nací pues y me encontré, en el que iba a ser mi hogar, con cuatro seres del género opuesto al mío que se preguntaban quién era esa criatura por la que su madre casi pierde la vida. Un ser tan pequeño, tan diminuto, insignificante e innecesario, o no, pero que -una cosa estaba clara- era esa niña que su madre siempre quiso tener. LA NIÑA, tras cuatro niños en fila descendente, ésa en la que su madre pensaba cada vez que había un intento de gestación, con el cariño justo para que ésta que leéis, se gestara.
Llegué a un hogar invadido de seres curiosos, acompañada de la ilusión y el agotamiento de mi madre, pero también con la gran responsabilidad de rellenar los huecos que no pudieron cubrir los varones, por la única razón de no ser niñas. Pero he de confesar que no fue complicado, y no lo fue, no, porque esos que son mis hermanos me lo pusieron muy fácil. No tuve más que ser su hermana, aquel ser que apareció un día en sus vidas fue acogido, deseado, amado y respetado, sin un mínimo asomo de esos celos de hermano mayor que ahora se tratan con tanto cuidado. Y así me hicieron su niña reina.
No tengo recuerdos que no desee recordar, desde los lejanos juegos en que los coches eran los protagonistas o la espera escenificada de la noche de Reyes, hasta los primeros cigarrillos furtivos de los que ellos eran mis cómplices…
MIS HERMANOS, con mayúsculas, siempre conmigo, discretos, amigos, invisibles sin serlo, cómplices sin aparentarlo, quizá hasta amándome sin saberlo, provocándome carcajadas con cosquillas o sin ellas, pero sin pedirme precio.
También mis escudos, mis defensas, mis cimientos. Abriendo para mí las ventanas que me ensañaban un mundo para acomodarme en él.
No sé qué, no sé hasta dónde, pero sí sé que están, son. Estaban y siguen estando, me saben y vienen para hacerme reír como antaño, para sentarse a mi lado con una mesa ante nosotros como en aquellos mediodías de sobremesa lejanos, sin más, o acaso una copa, para que todo sea más fácil, y ofrecerme una lona que me proteja de las lanzas que me arrojan los demás, sirviéndome una vez más de escudo, como cuando mis piernas eran dos fideos de Mileto y apenas me defendía sola.
Nos dejamos a un lado con cuidado cuando hubo que dar paso a otras vivencias que protagonizaron nuestras vidas, pero sin esfumarnos. Estábamos ahí, en la espera, a la vuelta de nuestro presente. Con un sólo movimiento de la mirada, volvemos a encontrarnos.
Ahora sé cuánto me importan.
























































































